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Millones de mujeres pasan
su vida entera en completa degradación económica,
política y social, pues no gozan de prácticamente
ningún derecho. Pero esta no es una invitación
a volvernos activistas y salir a partir de mañana
a intentar cambiar el mundo femenino, sino una invitación
a la conciencia plena. Cada quien tiene su propia forma
de luchar y defender sus propios espacios, lo que es
muy importante es que podamos identificar cuáles
son esos espacios, para poder defenderlos, para aprender
a poner límites.
El punto es que eso no será posible si antes
nosotras, las mujeres, una por una y colectivamente,
no logramos cambiar esa visión que nos hace mirar
todavía como normales una serie de prácticas
que no debieran serlo. ¿Alguna de ustedes se
siente débil o pasiva simplemente por ser mujer?
Involucrarnos en la problemática femenina nos
da una nueva red conceptual, nos da nuevos lentes para
ver el mundo. ¿Por qué habrían
de ser masculinos los éxitos públicos
y nuestros los privados? ¿Ellos reyes de las
oficinas y nosotras de nuestras casas y sentimientos?
A mí me parece que está más que
probado que una mujer, cuando se queda sola por abandono,
viudez, divorcio, se vuelve creativa, valiente, productiva;
se vuelve segura de sí misma y de sus capacidades.
¿Cuántas mujeres grises lograron sobreponerse
a su situación y se convirtieron en mujeres luminosas?
¿Por qué entonces no hacerlo al revés?
¿Por qué no empezar por construirnos a
nosotras mismas antes de llegar a compartir con alguien
más, en espera de que esa otra persona nos resuelva
la vida? El objetivo último, en términos
de pareja, sería eso: ser pareja, que no es sino
la unión para la convivencia de dos seres individuales
completos.
“Lo público es privado” dice un viejo
dicho, y no hay nada más cierto. ¿Cómo
defender nuestros derechos públicos si somos
incapaces de hacerlo en el ámbito privado? Hay
muchos ejemplos de mujeres exitosas e independientes
que, al llegar a sus casas, se vuelven sumisas, y que
aguantan cualquier tipo de vejación de su pareja.
Y, claro, cómo no, si a las mujeres toda la vida
se nos ha “dicho”, que nuestro valor está
en función de ser capaces de tener y mantener
un hombre a nuestro lado. No es casualidad que tantas
de nosotras nos la pasemos haciendo la clásica
pregunta tonta de: “¿me quieres?”
¿Qué esperamos que respondan? Ninguno
va a decir que no. Sin embargo, eso nos tranquiliza,
por lo menos momentáneamente. Valemos en función
de ellos, esa es la verdad, así es como funcionamos
en lo más hondo de nuestro ser.
Las mujeres tenemos grandes tareas personales que resolver.
La dependencia emocional es sólo una de ellas.
Debemos desarrollar nuestra autoestima, sabernos valiosas
por nosotras mismas. Si de verdad deseamos dejar de
ser ciudadanas de segunda, debemos dejar de sentirnos
como segundas en nuestras relaciones más íntimas.
Ver para adentro es la solución, porque afuera
los mandatos invisibles siguen a la orden del día.
El último y más aplastante es el que dicta
un nuevo modelo a seguir por todas las mujeres: ultradelgadez,
dieta permanente, cirugías por todo y para todo.
La preocupación por verse bien es sana y hasta
deseable, pero es imposible desarrollar una autoestima
alta cuando se vive obsesionada por lo que se come y
por la aceptación externa. La aceptación
debe empezar por el cuerpo. Si no somos dueñas
y amantes de nuestros propios cuerpos, no hay mucho
qué hacer para afuera.
Ser feminista no es ser una odia-hombres, el feminismo,
según la definición del diccionario: “es
el movimiento que exige para las mujeres iguales derechos
que para los hombres”. Creo que todas estamos
de acuerdo en que las mujeres merecemos iguales derechos,
iguales oportunidades, iguales sueldos, etcétera.
No temamos entonces convertirnos en mujeres preocupadas
por las mujeres. Tenemos la gran ventaja de la comunicación:
compartamos experiencias.
Empoderamiento es la palabra clave. Una persona empoderada
es aquella que ha logrado autoconfirmarse, y que además
es consciente de su propio empoderamiento, lo cual redunda
en cambios de actitud significativos que, una vez que
se consolidan, se difunden y contagian a otras personas.
Entre las asociaciones civiles y las instituciones de
ayuda a grupos marginados de todo tipo, una buena parte
del trabajo está dirigido a las mujeres de las
comunidades, porque ya se sabe que cuando se logra cambiar
la actitud y la forma de ver la vida de una mujer, ella
se vuelve agente del cambio, primero en su propia familia
y, como en una ola expansiva, ellas van contagiando
a otras mujeres, y ellas a sus familias, hasta que se
vuelve un cambio comunitario. Las mujeres tenemos esa
capacidad, ese gran poder. Aprovechémoslo.
Tanya
Pliego es editora, periodista e inversionista de la
RED MIM.
Fotos
cortesía de Lucero González
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