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– ¡Mira mamá,
mi tía me regaló dos conejitas!
– ¿Cómo sabes que no son conejitos
Sabina?–, pregunté intrigada.
– ¡Ay!, pues porque tienen las orejas
rosas.
La conversación
con mi interlocutora de cinco años, me dejó
intrigada. En casa, hemos hecho un esfuerzo conciente
por no limitar el mundo de nuestra hija al acotado universo
de los roles preestablecidos para ella, por ser mujer.
Así, por ejemplo, tiene muñecas y también
herramientas de juguete; lee libros de hadas y de dinosaurios;
usa más pantalones que vestidos, porque así
le gusta; lleva el cabello corto; prefiere el tae-kwon-do
que el ballet; no le gustan ninguna de Las Princesas
y le divierten mucho los Power Rangers. En general,
es una niña bastante libre en sus ideas sobre
lo que significa ser mujer.
Sin embargo veo
que, de haber tenido un niño, me habría
costado mucho más trabajo obtener el mismo resultado.
Sabina no es la única niñita que usa ropa
de color azul y juega con carritos. Pero debo confesar
que, pese a mi obstinación en romper con este
tipo de esquemas limitantes, la imagen de un niño
vestido de rosa y jugando con muñecas me resultaría
algo perturbadora. De hecho, nunca he visto un niño
así, y no tendría nada de malo, ¿verdad?
Prejuicios
Es tan sólo un asunto cultural, socialmente aprendido,
artificial. El rosa no existe para la mujer ni el azul
para el hombre. Si los niños rechazan jugar con
muñecas es porque papá dice que es de
viejas; si las niñas no jugamos foot-ball es
porque mamá dice que es para hombres. Nuestra
sociedad fomenta estas diferencias sin sentido. ¿Cuántos
hombres no agradecerían haber aprendido mecanografía
en la secundaria?, ¿cuántas mujeres no
valoraríamos haber tomado clases de electricidad
para, al menos, perderle el miedo a cambiar un fusible?
Pocas veces nos
detenemos a reflexionar sobre estos temas y cómo
determinan la forma en que los niños y niñas
se vivirán como adultos. De este aprendizaje
dependerá su potencial de tener experiencias
de vida completas y no mutiladas por definiciones sociales
que coartan su libertad.
Y aunque en el
mundo occidental las fronteras entre los roles de género
son cada vez más flexibles, nuestra cultura sigue
empapada de un evidente carácter machista. ¿Sabías,
por ejemplo, que el chaleco antibalas, los íconos
de las computadoras Macintosh, los rayos láser
ópticos utilizados en los reproductores de CDs,
o los mosaicos de cerámica que usan los transbordadores
espaciales para soportar el regreso a la atmósfera
terrestre, fueron creados por mujeres? Esto no tendría
por qué sorprendernos, pero lo hace. Estamos
acostumbrados a ver sólo a los hombres en las
esferas públicas, no porque las mujeres no hayan
figurado a lo largo de la historia, sino porque nunca
han sido vistas.
Mirarnos
Te invito a hacer un esfuerzo conciente por mirar a
otras mujeres. Mirarlas en el sentido de reconocerlas
en sus esfuerzos, logros, trabajo. Observa cómo
a menudo damos más importancia a la opinión
de un hombre; ponemos más comida en su plato;
creemos más en su potencial para el éxito.
Mirémonos, también, entre nosotras. Será
una agradable sorpresa descubrirnos interesantes, sabias,
inteligentes, capaces, exitosas, sensibles, humanas,
cercanas y solidarias.
Lilyán
de la Vega es licenciada en relaciones internacionales
y diplomada en estudios de género. Es traductora
y escritora feminista, además de mamá
de tiempo completo. Actualmente colabora con la Revista
Plenilunia y es voluntaria de Semillas.
Fotos
cortesía de Lucero González
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