24 Marzo, 2017 Fondo Semillas

Hopelchén vs. Monsanto, crónica de una lucha histórica de las mujeres mayas

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Por Laura García Coudurier

Desde sus salones de clase, los niños mayas de la comunidad Pac-Chen, en el municipio de Hopelchén, Campeche, escuchan el ruido de una avioneta y ya saben lo que tienen que hacer: ayudar a la maestra a cerrar puertas y ventanas. Son las avionetas que rocían plaguicidas tóxicos a los campos de soya transgénica que hace 20 años vendió el gobierno a familias menonitas con el programa Procede.

Estos plaguicidas son producidos por la empresa trasnacional Monsanto y contienen glifosato, un agente tóxico diseñado para eliminar todo menos la soya transgénica. En estos pueblos de Campeche, rodeados de lo que en algún momento fueron territorios mayas protegidos y llenos de fauna salvaje, empezaron a llegar los tucanes a pararse en los cableados y techos de las casas. Los bosques estaban acabándose por el monocultivo de la soya transgénica, y aunque los animales silvestres más pequeños murieron instantáneamente, los monos y tucanes sí tuvieron tiempo de escaparse del plaguicida y lograr desesperados salvar sus vidas, como los niños y maestras de las escuelas rurales que estudian debajo de las avionetas.

Una tragedia particular que desdobla muchas más, es la muerte de la abeja melipona. La producción de la miel de esta abeja endémica ha sido la actividad económica más importante de los pueblos mayas. Cuando una familia maya produce miel y la vende, invierte el dinero en la siembra de su parcela; de esta forma se ha sostenido la economía familiar de más de 15 mil familias en la región.

La muerte de la melipona pone en jaque la vida silvestre de la región, la forma de vida de las y los mayas, su identidad cultural y su patrimonio territorial. Pero frente a una transnacional como Monsanto, ¿quién puede realmente detener este proceso?

Leidi y Andrea Pech son originarias del municipio de Hopelchén, Campeche. A principios del 2000 iniciaron su vocación de luchadoras sociales, fundando la organización Muuch Kambal, AC. Empezaron a trabajar con mujeres de las comunidades para tratar temas que consideraban importantes para ellas y sus familias y comenzaron a ganarse su confianza. Pronto se dieron cuenta que no querían hacerle la chamba al Estado y proveer los servicios que éste no ofrecía. Ahí nace la idea de crear observatorios ciudadanos en 10 comunidades y desde éstos monitorear las problemáticas sociales y ambientales que ya se empezaban a ver: la deforestación, la degradación de la biodiversidad en la región, en particular la disminución en la población de abeja melipona, los huracanes, las enfermedades a raíz de los plaguicidas.

Estos observatorios, a los que les llamaron comités, detectaron rápidamente que la miel que producían y exportaban se estaba contaminando. Europa y Estados Unidos, receptores de la miel elaborada en la región y cuna de las transnacionales que producen los plaguicidas de la soya transgénica, no tardaron en prohibir la importación de la miel contaminada. Esta crisis económica para muchas familias contrastó rápidamente con el éxito económico de familias menonitas dueñas de las grandes extensiones de monocultivo y amigas del modelo de desarrollo al que el gobierno le apostó.

“Somos nosotras las que vamos a los hospitales, las que nos hacemos cargo de nuestros hijos y abuelos, y por este rol de cuidadoras, somos las primeras que nos dimos cuenta de las afectaciones en la salud por el glifosato”, explica Andrea.

Este agente tóxico termina en el agua que se consume en la región, e incluso en el subsuelo, lo que ha generado una crisis en la salud de los habitantes de la región. La lucha por la participación política de las mujeres en los comités fue clave para que la contaminación por glifosato se convirtiera en el foco central de lucha ciudadana en la región.

En 2011, Muuch Kambal logra organizar a todos los comités para presentarle al Presidente Municipal de Hopelchén una queja formal por la deforestación y aplicación de los plaguicidas que estaban contaminando la miel. Pero, dice Andrea, “el presidente municipal nos mandó al carajo”. Entonces metieron una demanda de amparo y el juez falló a su favor. El sabor de la victoria les duró poco tiempo porque pronto la SAGARPA, quien originalmente concedió los permisos para la siembra de la soya transgénica, brincó en su contra aludiendo que no había tal contaminación.

Acostumbradas a ver la facilidad con la que el gobierno defiende su programa de desarrollo a pesar de la degradación ambiental, Muuch Kambal y los comités decidieron emprender lo que muy poca gente en el mundo ha logrado: la guerra judicial contra Monsanto.

Con ayuda de científicos y académicos de la Universidad Autónoma de Campeche, comenzaron a sistematizar evidencia de la contaminación en el agua y recoger muestras de orina para demostrar los efectos nocivos en la salud de la gente de estas comunidades. Con el apoyo del abogado Jorge Fernandez de Indignación AC, entregaron la evidencia a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, demandando a la SAGARPA y a la SEMARNAT por la inconstitucionalidad que representaba el otorgamiento del permiso para la siembra de la soya transgénica. La Suprema Corte tardó más de un año en admitirles el caso, pero los meses de espera fueron aprovechados por Muuch Kambal para organizar y atraer a los jóvenes de la región a su lucha, y gracias a ellos lograron armar una campaña local donde recogieron 63,000 firmas en la plataforma Change.org. Estas firmas las entregaron a la Suprema Corte que, por la presión mediática y pública aceleró el proceso y admitió el caso.

En 2014, por primera vez en la historia de México, la Suprema Corte emitió un fallo concediendo amparo y protección federal a esas comunidades indígenas.

Leidi y Andrea, dos mujeres a quienes conocí por primera vez en un Vips en la ciudad de Campeche, me describían esta extraordinaria historia con preocupación porque, a pesar del fallo a su favor, la Suprema Corte decidió someter a consulta si las poblaciones quieren que se siga sembrando la soya transgénica en la región. Como si toda la lucha que llevaban liderando no hubiera tenido nada de extraordinario, dice Andrea “ahora no bastaba con que fuéramos 10 comunidades organizadas sino que teníamos que organizar rápidamente a las otras 26 comunidades del municipio que van a participar en la consulta”.

Con el apoyo de Fondo Semillas, Muuch Kambal logra contribuir a la conformación de otras 21 comunidades que se sumaron el 30 de junio pasado a la lucha contra la soya transgénica.

A pesar de esta movilización tan exitosa, el panorama no pinta claro: a los procesos iniciales de consulta han llegado camiones de menonitas acarreados por el gobierno, han tomado las salas de las reuniones y se han pronunciado a favor de la agricultura con soya transgénica. Las mujeres, ahora en el liderazgo de los comités, han reclamado el territorio maya afuera de estas salas tomadas gritando: “llevamos aquí más tiempo que ustedes y estas tierras son nuestras”.

El camino recorrido de Muuch Kambal, ahora con apoyo de Fondo Semillas, está culminando en un proceso histórico para México, un país que fuera de sus luchadoras sociales no se había atrevido a confrontar las consecuencias socioambientales del uso de la soya transgénica de Monsanto. En estos meses, la apuesta de Muuch Kambal es ganar una consulta que desde el principio trae los dados cargados a favor de las grandes inversiones y el modelo económico de agricultura industrial. Su lucha es la única que defiende la vida y la salud de las personas y los bosques de esa región.

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