Verónica Corchado

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De activista comunitaria a Directora del Instituto Municipal de la Mujer Juarense

El 10 de octubre de 2016, con pleno respaldo de la sociedad civil, asumió el cargo la nueva directora del Instituto Municipal de la Mujer Juarense (IMMJ), la feminista Verónica Corchado. Su nombramiento representa una victoria para el movimiento de mujeres de Ciudad Juárez.

Verónica será la cara visible de un amplio movimiento de mujeres de la sociedad civil, de cerca de 20 organizaciones y colectivas de defensoras de derechos humanos, quienes durante años han realizado un incansable trabajo a fin de posicionar una agenda pública, construida desde abajo, para encarar los problemas y necesidades de las mujeres de la ciudad, así como para restituir la memoria de las niñas y mujeres asesinadas y desaparecidas en la entidad.

Verónica es activista comunitaria y artista autónoma. Fundadora de la Colectiva Arte Comunidad y Equidad, a la cual Fondo Semillas ha apoyado, esta es la primera vez en su vida que asume un cargo público. Su trayectoria en el movimiento es más bien la de una convencida líder comunitaria, que ha defendido y promovido los derechos de las mujeres desde un trabajo de calle.

Nació y creció en la zona periférica de Juárez. Su mamá llegó de Zacatecas en los 50’s para trabajar en la maquila. Su padre, oriundo de Durango, se fue como bracero a los Estados Unidos, estuvo casi siempre ausente, hasta que se separó de su madre, cuando Verónica tenía 9 años.

En un barrio azotado por la pobreza, Verónica comenzó tempranamente a tomar conciencia de su propia condición. Su madre, era ejemplo y fuerza para otras mujeres de su comunidad:

De ella aprendí el valor del trabajo colectivo con mujeres. Ella juntaba a las mujeres de la cuadra y les decía: 'oigan, a mí también me pega el marido, pero eso no es normal. ¿Qué les parece si cuando a mí me estén pegando yo doy el grito y ustedes vienen? Si ustedes oyen el grito, vengan; cuando yo escuche que alguna de ustedes les está pasando algo, yo las voy a defender’. Yo escuchaba siempre los lamentos de las mujeres, y decía: Híjole, ¡eso no lo quiero para mí!, de que los esposos no las respetan, les pegan, las violan, las amenazan, las sacan de la casa. Después de muchos años entendí que esas situaciones estaban relacionadas con la falta de infraestructura.

Verónica estudió en la primera secundaria que hubo en su barrio, establecida por monjas inspiradas en la Teología de la Liberación. “Ahí entendí que la pobreza que estaba viviendo no era normal; que yo podía hacer cambios en mi vida, pero que me tenía que poner en movimiento”. A los 16 años, emprendió su primer proyecto comunitario: una cancha de fútbol, pues aunque a ella no le interesaba el deporte, consideraba que eso era lo que ayudaría a que los jóvenes no cayeran en las garras de las drogas, que ya desde entonces circulaban en la zona. Fue así que junto con sus compañeros fundó una primera organización civil que trabajaba con los jóvenes del barrio.

A sus 22 años, a partir de sus reflexiones compartidas con señoras de la comunidad, consiguió un terreno que era de la Iglesia e impulsó la construcción de una clínica:

Vimos que no era una clínica como la imaginábamos antes, de atención alópata, sino que tenía que ver más con que las mujeres se enfermaban porque en muchos sentidos estaban resentidas, angustiadas y golpeadas, y eso producía mucho malestar, y el malestar se convertía en enfermedad. Entonces generamos un modelo de trabajo alternativo. Hicimos una clínica de salud alternativa. Hoy, a 13 años de su constitución, SABIC (Salud y Bienestar Comunitario) es el lugar donde más mujeres van en busca de ayuda a nivel emocional; hay terapias alternativas, un jardín botánico, medicinas con flores de Bach, microdosis… Realmente el trabajo es de las compañeras que están ahí; todos los días se levantan y se acuestan pensando cómo pueden hacer mejores alternativas de salud para las mujeres. Mi trabajo ahí fue soñar que eso pudiera ser posible

Después, Verónica se involucró en lo que más le ha apasionado en la vida: las artes. A partir de una protesta pública de sobresalientes artistas juarenses, Verónica se incorporó al naciente movimiento civil que veía en la cultura un camino hacia el bienestar social. Entre otras cosas, por ejemplo, promovió la primera orquesta de la ciudad. En el seno de ese movimiento surgió la iniciativa de narración testimonial “Mi vida en Juárez”, una metodología de talleres literarios, con la que, de su puño y letra, las mujeres pudieran dar cuenta de lo que estaban viviendo y padeciendo en la dura realidad de la ciudad.

A partir de esa experiencia, Verónica vio la necesidad de “trabajar desde el arte y la comunidad –dos elementos centrales de la vida de la gente– una modalidad de participación ciudadana y un modelo de atención comunitaria”. Así, con el apoyo de Fondo Semillas, impulsó el establecimiento de La Promesa, en una de las zonas más afectadas por la pobreza y la narcoviolencia, que se ha convertido en un foco rojo por el incremento de denuncias por desaparición, abuso sexual, violencia contra niñas, niños y mujeres.

La Promesa es un centro de arte comunitario. El trabajo más singular ha sido el fortalecimiento de la resiliencia de las mujeres que han padecido la desaparición y asesinato de sus hijas, mediante la creación de murales, con los que las madres reconstruyen el rostro vivo de sus hijas, y se dan a sí mismas una oportunidad para acariciarlas y despedirse de ellas, en un trabajo de contención, reflexión y duelo colectivo.

El financiamiento de Fondo Semillas permitió que hubiera promotoras comunitarias, que pudieron estar permanentemente en la zona, realizando un diagnóstico, conociendo a la comunidad, y tejiendo las primeras relaciones que consolidaron el grupo de trabajo artístico con las señoras en La Promesa.

Verónica, desde su cargo público, está presentando una propuesta transversal e interinstitucional, a fin de consolidar un modelo de atención integral que pueda replicarse en otros lugares. Con base en su experiencia, busca impulsar una adecuada intervención gubernamental, con base en una agenda comunitaria, construida por las propias mujeres.

Considera prioritario establecer un espacio de atención para mujeres en el centro de la ciudad, una zona con la que el gobierno tiene una deuda histórica. Promoverá el establecimiento de un Café Femenino: “Un café con libros para que las chavas puedan ir a leer, a platicar, pero con compañeras promotoras que dinamicen y generen diálogo; pensado desde un modelo que permita tejer redes de solidaridad y amorosidad, que nos permitan sostenernos como mujeres”.

El arte me permitió generarme un espejo, una ventana, para decir sí, yo puedo hacer cosas diferentes. Me permitió pensar que no necesariamente yo iba a estar en las estadísticas de la criminalidad, sino que podía aspirar a una vida libre de violencia. El arte me salvó (…) Del lado de mi familia han desaparecido dos personas. A lo largo de mi vida he sufrido grandes pérdidas. Pero no me quiero resignar. Sí lloro a esas personas, pero todos los días me repongo. Pienso este día será maravilloso, y aún y con la muerte a un lado, aún a contracorriente, yo siempre pienso que tengo una misión que cumplir: que las mujeres tengamos una vida mejor.

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